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La existencia humana se desarrolla y se expresa en el espacio y, por lo tanto, todos los factores emocionales intervienen en la concepción que cada individuo tiene del espacio ocupado por su cuerpo y del espacio externo que lo rodea. El autor considera que la percepción del espacio es una función que depende de la estructura libidinosa del individuo, en la que expresa su personalidad íntegra; define lo que debe denominarse “espacio del yo” y “espacio del ello”. El primero es una herencia filogenética, es comparativamente estabilizado y es la base de nuestra orientación y acciones. El espacio del ello es menos estabilizado y evidencia de acuerdo con nuestras relaciones de objeto, la organización libidinosa, la forma de relación de objeto, así como las emociones que acercan o alejan los objetos. La percepción espacial expresa también las distintas fases de la agresión y la lucha para lograr una mejor relación de objeto.
Sus conclusiones se basan en las observaciones realizadas en pacientes esquizofrénicos, depresivos, neuróticos obsesivos, histéricos y en intoxicaciones con mescalina y marihuana. Ha observado que las perturbaciones en la percepción del espacio son crecientemente proporcionales a la destructividad de los pacientes, pudiendo llegar en ciertas perturbaciones graves, a la total destrucción del espacio. Sostiene que en todos los casos de fractura del espacio, la agresión es patológicamente intensa, observándose también que esta fuerza es la que destruye y distorsiona la imagen del cuerpo. Por ejemplo: es frecuente observar en neuróticos obsesivos la sensación de alargamiento y acortamiento del cuerpo, distorsión de la cabeza, etc.
En las depresiones y neurosis obsesivas es donde se observa con mayor frecuencia la fractura y aniquilamiento del espacio; esta ruptura no es total y está en conexión con una pulsión determinada. En los estados de despersonalización, los objetos se ven chatos, a menudo estereoscópicos y lejanos. En la esquizofrenia el espacio del y