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“Quiero deciros una cosa: Si yo hubiese creado al hombre y a la mujer, los hubiera formado con arreglo a un tipo muy diferente del que ha prevalecido y que es el de los mamíferos superiores; hubiese hecho hombres y mujeres, no a semejanza de grandes monos, como en efecto son, sino a imagen de los insectos que, después de haber vivido en estado de larvas, se transforman en mariposas y no tienen otro cuidado hasta el término de la vida, que amar y ser bellos; hubiese puesto
la juventud al término de la existencia humana, insectos hay que en su postrera metamorfosis, tienen hermosas alas y carecen de estómago; sólo renacen bajo esta depurada forma para amar una hora y luego morir.
”Si yo fuese un dios, más bien un demiurgo, pues la filosofía alejandrina nos enseña que estos mínimos trabajos son de la competencia del demiurgo o simplemente de cualquier demonio constructor; si yo fuese pues, demiurgo o demonio, hubiese tomado esos insectos para modelo del hombre; hubiese deseado que como ellos, el hombre realizara al principio, en el estado de larva, los trabajos desagradables que han de proveer a su subsistencia; en esta fase no habría sexos y el hambre no envilecería al amor; luego hubiese hecho de suerte que, en una transformación final, el hombre y la mujer desplegando rutilantes alas, vivieran del rocío y del amor, como premio y coronamiento a sus mortales existencias. Esto hubiese sido preferible. Pero yo no he creado el mundo y el demiurgo que de él se encargó, no quiso aconsejarse de mí, me figuro, dicho sea entre nosotros, que debió pedir consejo a los filósofos y hombres de talento”.
Podemos ver en esta concepción una hipotética forma de solucionar los problemas que los instintos pregenitales crean a la especie humana, al arrastrar en su desarrollo sus cargas e interferir la genitalidad adulta.
Vemos un sustituto paterno en la imagen del demiurgo, dios creador platónico o demonio, por ocuparse de los instintos; la indiferenciación de sexos alude a las etapas pre