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Al estudiar la vida del adulto, encontramos que el panorama de su pasado está limitado por horizontes: uno es el comienzo de la pubertad, con sus nebulosos “recuerdos encubridores”; otro es la aparición del llamado período de latencia, a través del cual, retrospectivamente, los recuerdos se presentan inexactos y oscuros, cuando se presentan. En nuestro trabajo con niños, nos encontramos con otro límite: el período del desarrollo del lenguaje. “El material que el niño nos suministra —dice Anna Freud en el Psicoanálisis del niño, confirma muchos hechos que hasta el presente sólo podíamos apoyar en los datos proporcionados por el análisis de adultos. Pero …, no nos conduce más allá del límite a partir del cual, el niño es capaz de expresarse por medio de la palabra; es decir, la época desde la cual el pensamiento del niño se hace análogo al nuestro (1).
En el análisis de adultos, las asociaciones, las fantasías, los sueños, llevan a una tierra “más allá de las montañas”; en el análisis de niños estos caminos pierden su seguridad y tienen que ser suplementados por otros, especialmente por el material que surge espontáneamente del juego del niño.
Me parece, sin embargo, que al sustituir otro material asociativo por el juego, nos inclinamos a aplicar a su observación e interpretación métodos a los que no les hacemos completa justicia