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Si queremos estudiar la naturaleza humana debemos desechar un método que ingenuamente practican muchos psicólogos y sociólogos, consistente en enviar cuestionarios a miles de individuos; el investigador que pretende valerse de este medio, desconoce una característica elemental de la condición del hombre: que éste no se conoce a sí mismo; nosotros abrigamos la esperanza de conseguir mucho más estudiando las acciones de la gente, que en nuestra opinión, son más reveladoras de su estructura, que la propia opinión personal que nos pudieran dar.
Las acciones son más valiosas que las palabras y los cuestionarios resultarían más eficaces si realmente se pudiera confiar en la exactitud de las respuestas, pero el mismo comportamiento no pone al descubierto las verdaderas tendencias, ya que las personas no se comportan como realmente les agrada, sino como ellas suponen que les agrada; teóricamente el único modo de llegar a conocer a la gente es colocarla en el diván analítico durante un año o más y obtener en esa forma datos seguros, pero desgraciadamente no a todos los seres humanos se les puede someter al análisis, ya que las limitaciones de esta disciplina son bien conocidas.
Existe sin embargo una situación en donde las personas manifiestan sus más profundos sentimientos, cuando asisten a una representación teatral o mientras leen un libro; si se pudiera registrar lo que se experimenta en esas situaciones conoceríamos profundas intimidades, la situación favorece la libre expansión afectiva porque el lector del libro o el espectador del drama no es responsable de lo que sucede, si simpatiza con el marido infiel de la obra, no es él quien engaña a su esposa; si goza al ver que Carlitos Chaplín le clava una aguja a una señora gorda, él no es el niño travieso; cuando siente temor por la