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El título de este artículo puede hacer suponer, erróneamente, que es posible trazar una línea definida de demarcación entre crímenes racionales y crímenes irracionales. El crimen racional es definido como el que produce ganancia en una forma objetiva y es decidido por completo por la mente. El crimen irracional, por su parte, puede ser considerado como el acto aparentemente inexplicable, de tipo compulsivo, que produce poca ganancia objetiva y que a menudo está tan groseramente planeado, que su autor puede ser descubierto con toda facilidad. Una neta separación entre ambos, por supuesto, no existe. Sin embargo, es necesario hacer notar que tampoco existen crímenes completamente racionales; los que parecen ser tales, tienen inevitablemente alguna parte de sus profundas raíces en el insondable “ello”, donde la razón deja de prevalecer.
A este respecto, recuerdo una experiencia de uno de mis amigos, hombre de mediana edad, de buena posición económica, a quien conocía desde hacía mucho tiempo, constándome que era honesto y de confianza. En una ocasión me relató el siguiente incidente: “Yo había invitado a un amigo a cenar, y justamente cuando entrábamos a un restaurante, descubrimos que no llevábamos dinero, por olvido u otra causa. Mi invitado me dijo, entonces, que un amigo suyo vivía muy cerca y tendría mucho gusto en ayudarnos. De común acuerdo fuimos a su casa; tocamos el timbre, pero como nadie contestaba, empujamos la puerta, que estaba entreabierta, y con cierta vacilación entramos