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Como describe en sus Memorias, Bismarck cede el poder a Caprivi sin reproches intensos; pero en una nota se queja amargamente de que su sucesor
haya mandado cortar unos viejos árboles de la Cancillería, lo que según él, no iba a dejar tranquilo en su tumba al emperador Guillermo I.
Se trata de un claro desplazamiento de afectos por parte del viejo Canciller, de sí mismo hacia los árboles y el emperador muerto, pero intranquilo, es un reproche al nuevo emperador que le obligó a dimitir.
Garma.