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Señala el autor que, más que en su autobiografía, es en los sueños publicados por Freud en su obra, así como a través de la comprensión de los personajes con los que se identificó en las distintas etapas de su vida como mejor podemos conocerle. Si bien la relación con su padre juega naturalmente un gran papel en la estructura de su personalidad, episodios de su pubertad y adolescencia caracterizaron en gran medida su vida y su obra. En años escolares fué Aníbal, como para muchos de sus compañeros, su héroe predilecto, pero esta figura adquirió para Freud relieves especiales al tener que enfrentar su propia situación de extranjero “judío” en un medio escolar de franca posición antisemita. Soñaba entonces en convertirse en un defensor de la justicia. Este resentimiento parece tener sus raíces, sin embargo, en el sometimiento a que lo obligaba, en sus primeros años infantiles, un compañero de juegos, mayor que él, hijo de un hermanastro. Esta lucha contra la opresión aparece nuevamente en su adolescencia desplazada sobre las figuras tiránicas de maestros impopulares. Constituyen estos recuerdos parte del material que aparece en sus sueños donde intervienen escenas de la universidad de Viena. Ulteriormente su ideal será convertirse en un gran estadista y defender la minoría a la que pertenece.
Estas situaciones conflictuales parecen haber dilatado su elección de carrera y sólo poco antes de entrar a la universidad se decide por las ciencias naturales y la medicina, abandonando definitivamente sus ideales políticos. Su posición es, entonces, la contraria. Vuelve la espalda a sus ensueños y esperanzas de adolescente para convertirse en un hombre de ciencia que, desinteresándose de la opinión del medio en que actúa, no intenta convencer ni obliga a aceptar a nadie la verdad que descubre. Como una sobrecompensación a sus deseos intensos de lucha y rebeldía, interpreta Sachs su negación, desde entonces, a entrar en polémica y discusiones y la advertencia que da a sus colabora