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(P. S. de la carta de Antonin Arthaud dirigida a M. Henri Parisot, el 9 de octubre de 1945)
Hay en este momento un asunto de posesión desaforada que llena toda la tierra. La dirigen una cantidad de sectas de iniciados que conozco muy bien y que vengo persiguiendo por lo menos desde hace 30 años, es decir, desde un día de la primavera de 1915, en que dos “cafishos” (maquereau), me dieron una cuchillada en la espalda en la calle Devilliers, de Marsella, delante de la iglesia de los Reformistas. Yo tenía entonces 19 años. Pasaba delante de la farmacia que está en la esquina de la calle Devilliers y del boulevard de la Madelaine, cuando vi que me rondaban dos hombres mal entrazados que me inspiraron la idea de que me iban a atacar; no los conocía y uno me sonrió, como para decirme: “No, no tienes nada que temer de nosotros, no es a ti a quien buscamos.” Entonces vi que su cara cambiaba y en lugar del hombre que me sonreía, vi en el mismo cuerpo una máscara de bestialidad que me sobresaltó, porque no me parecía que podía pertenecer a ese hombre, y vi pasar por ella una convulsión atroz. “Quien soy y qué quiero” pareció decirse de pronto “este hombre no es mi enemigo, no lo conozco y no voy a herirlo” y se fué. Entraba