You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
El caracol, molusco gasterópodo, es Un hermafrodita. Su glándula reproductora, que proporciona a un tiempo los óvulos y los espermatozoides, está implantada en el hígado que, a su vez, está colocado en la concha que encierra al animal. De esta glándula parte un complicadísimo
sistema de canales que desembocan en un orificio genital, situado cerca de la cabeza, en la base del gran tentáculo derecho.
Para acoplarse, los caracoles, en general, prefieren el fresco de la alborada o del crepúsculo. Cuando se encuentran dos individuos dispuestos al amor, se arriman, se alzan verticalmente, aplicado uno contra otro, no apoyándose en el suelo más que por el pie y por su concha. Se ponen, entonces, a ejecutar una serie de movimientos oscilatorios, como si cada uno de ellos quisiera empinarse por encima de su pareja, mientras se olfatean y se hostigan mutuamente con sus tentáculos encorvados.
No se trata más que de un tanteo que no irá seguido inmediatamente por la consumación. Los dos caracoles se aflojan, descansan un poco; pero al rato, vuelven a la carga y esta vez de veras. Por eso los vemos que se colocan como corresponde, es decir, procurando que queden frente a frente sus aberturas genitales abiertas. Llegados a este punto del juego nupcial, uno de los participantes —por excepción, los dos— proyecta una especie de estilete aceradísimo que se implanta en la carne de su pareja. Este diminuto puñal calcáreo (1) que mide unos ocho milímetros de largo por medio milímetro de ancho, es producto de la secreción de una bolsa musculosa, el “saco del dardo”, que depende de la porción femenina del aparato genital: de modo que cuando el caracol asesta su pinchazo cumple un rito que forma parte de su papel de esposa.
No se sabe a ciencia cierta a qué responde ese extraño preliminar. Algunos naturalistas han supuesto que el puñal inocula en los tejidos determinado licor dotado de propiedades afrodisíacas; otros han creído que el dolor estimulaba el ardor erótico; no han faltado tampoc