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Una jeta de jabalí, unas patas robustas que pueden cavar la tierra como un azadón, ríñones alargados, cola formando tirabuzón y dejando al descubierto una grupa siempre sucia; éste es el verraco, macho impacientemente reclamado por las hembras en la época del celo.
La hembra, efectivamente, demuestra una especie de glotonería amorosa. Exige el acoplamiento con verdadero encarnizamiento. Si está cautiva, gruñe con violencia, se revuelca, roe la puerta que le impide escapar, se abalanza furiosamente contra quien le lleva el alimento. Cuando va en rebaño, busca impetuosamente al verraco. Si no lo encuentra, montará a las cerdas, haciendo el simulacro del acto que reclama; llegará hasta a perseguir al pastor y a adoptar contra él actitudes sugestivas.
Cuando por fin da con su macho, restriega el hocico a lo largo de sus costados, de sus piernas, de su vientre y se le ofrece para ponerlo en deseo.
En cuanto el verraco la coge, la hembra se pone a hozar la tierra, a comer, sin ni siquiera aguardar el fin de la cópula, que a veces dura un cuarto de hora, manteniendo atada a la pareja como sucede entre los perros.
Una vez consumada la unión, el verraco no da prueba alguna de cariño ni de preferencia. Él olvido de los amantes es instantáneo. Una fecundación que ha sido bestialmente reclamada, termina en la indiferencia.
(Del libro de Jean Rostand, Lucien Berland y otros: Costumbres amorosas de los animales, por cortesía de la “Editorial Sudamericana”, Buenos Aires.)