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Hay en el gato una cierta altivez, un espíritu de independencia, que le preserva de la completa domesticación. Cuando más se comprueba este hecho es en la época de sus bodas, que son unas bodas libres, secretas y salvajes.
Los indicios del celo, tanto en el gato como en la gata, consisten en una irritación extrema que les induce a restregarse, a revolcarse, a orinar copiosamente y a mayar con una voz ronca y estridente.
Cuando dos individuos de sexo opuesto se han elegido recíprocamente —a lo cual no se llega sin un preludio de batallas sangrientas entre los machos— la pareja se refugia en un lugar apartado y se pone a observarse, es decir, que él y ella se ofrecen durante horas, a veces durante días enteros, el espectáculo de su frenesí amoroso.
La gata procura retardar el momento de la unión, que le resulta dolorosa. Diez veces, quince veces, el morrongo, que vigilaba a su enamorada con los ojos entornados, ha saltado sobre ella aviesamente; pero ella lo ha rechazado con arañazos y gruñidos. Mas, apenas el gato recobra su posición expectante, tiesa la cola como un alambre, mayando sordamente, que la taimada vuelve a ofrecerle el espectáculo de sus tetillas turgentes, de sus zarandeos y de sus contorsiones.
Él finge no verla, vuelve la cabeza desdeñosamente. Entonces es ella la que le llama, elevando el trasero y arañando el suelo. El gato embiste.
Pero la coqueta ha conseguido desasirse a tiempo. En un vientre a vientre furioso el macho la muerde cruelmente para obligarla a colocarse otra vez en posición. Inútil. Ella se revuelca sobre los riñones. Y él, indiferente una vez más, se dedica a lamerse lentamente la varilla coralina enhiesta entre su pelo espeso.
En éstas, la gata, que a un tiempo desea y teme, cambia bruscamente de maneras. Cerrando las patas se tiende, pegada al suelo, como si estuviese muerta. El gato se acerca a rastras, la olfatea, se restriega contra ella lanzando un gemido; adelanta una pata, abre y cierra la boca con maniática insistencia, maya entr