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Entre el psicoanálisis de adultos y el psicoanálisis de niños no existe una diferencia fundamental de técnica, aunque cierto es que utilizamos medios distintos para llegar a un mismo fin. Mientras que para el análisis de adultos utilizamos la asociación libre, fantasias, sueños y conducta, el niño se expresa sobre todo por medio de juegos y dibujos, como también sueños y fantasías, teniendo escasa capacidad para la asociación libre. El adulto se expresa principalmente a través de su yo; el niño, como el psicótico, da más bien expresión simbólica a su inconsciente (1).
Interpretamos la actividad del niño durante la sesión —sus juegos y sus dibujos— del mismo modo en que se interpretan los sueños de adultos; es decir, no sólo simbólicamente sino a la luz de las fantasías y ocurrencias que pueda asociar con ellos, y teniendo bien en cuenta la situación actual y global del sujeto. Este último factor es importantísimo en el análisis infantil, pues podemos aprovechar el hecho demostrado empíricamente de que los niños, en distintas etapas de su evolución, están preocupados con problemas específicos. El niño pequeño suele demostrar constantemente su interés por la escena primaria y lo reproduce, asumiendo tanto el papel del padre como el de la madre, además de mostrar su envidia y hostilidad por ser negado los placeres de que disfrutan los padres.
El niño en el período de latencia, además de estar empeñado en una lucha contra la masturbación, se encuentra dominado por su curiosidad respecto a la diferencia de sexos y el origen de los niños. En la pubertad el interés se vuelve una vez más a la escena