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Es de conocimiento general el relato que Freud hizo sobre el desarrollo histórico de sus propias actitudes frente a la terapéutica psicoanalítica; en sus más tempranos esfuerzos interpretó directamente los contenidos psíquicos reprimidos, y aun hubo de molestarse, como lo muestra el sueño de la inyección de Irma, si el paciente no se sentía dispuesto a aceptar tal interpretación. Posteriormente, sin embargo, se dió cuenta que los contenidos reprimidos sólo podían ser incorporados a la conciencia por el análisis de las defensas que oponía el yo a aquéllos.
En la actualidad, es un principio ya establecido en la técnica psicoanalítica el no interpretar directamente los contenidos reprimidos de los impulsos del ello, sin antes haberse orientado cuidadosamente sobre la naturaleza y fuerza con que las defensas del yo actúan sobre los primeros.
La fascinación que ejerce el material inconsciente profundo es tan grande, sin embargo, que hasta el más experimentado analista se ve tentado frecuentemente a violar este importante principio técnico; y los principiantes en psicoanálisis encuentran, por lo común, mucho más cómodo reconocer e interpretar inmediatamente los deseos inconscientes reprimidos, que retener su descubrimiento hasta que se hayan orientado de modo preciso respecto de la relación que existe entre dichos impulsos reprimidos y las actitudes conscientes y conducta del paciente.