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Una parte esencial del trabajo de duelo, tal como lo señaló Freud en Aflicción y melancolía, es el juicio de realidad. Dice: “En la aflicción, explicamos este carácter, admitiendo un cierto lapso de tiempo para la realización paulatina del mandato de la realidad, labor que devolvía al yo la libertad de su libido, desligándola del objeto perdido” (2). Y luego: “Cada uno de los recuerdos y esperanzas que constituyen un punto de enlace de la libido con el objeto, es sucesivamente sobrecargado, realizándose en él la sustracción de la libido. No nos es fácil indicar, por qué la transacción que supone esta lenta y paulatina realización del mandato de la realidad, ha de ser tan dolorosa. Tampoco deja de ser singular que el doloroso displacer que trae consigo, nos parezca natural y lógico” (3). Y en otro pasaje: “No nos es posible dar respuesta a esta objeción, que refleja nuestra impotencia para indicar por qué medios económicos lleva a cabo la aflicción su labor. Quizá pueda auxiliarnos aquí una nueva sospecha. La realidad impone a cada uno de los recuerdos y esperanzas que constituyen puntos de enlace de la libido con el objeto, su veredicto de que dicho objeto no existe ya, y el yo, situado ante la interrogación de si quiere compartir tal destino, se decide, bajo la influencia de las satisfacciones narcisistas de la vida, a abandonar su ligamen con el objeto destruido. Podemos pues, suponer, que