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“Los primeros estadios del conflicto edípico están dominados por el sadismo. Se inauguran con el sadismo oral, al que se asocia el uretral, muscular y anal, y terminan cuando acaba el sadismo anal.
“En esos primeros estadios la defensa no se dirige contra el impulso libidinoso, sino contra el destructivo; contra el propio sadismo y contra el objeto atacado, considerándose a los dos como fuentes de peligro. Esta defensa es de carácter violento y distinto del de la represión. En el varón se dirige también contra su pene, como ejecutor del sadismo, lo que constituye una de las fuentes más profundas de los trastornos de la potencia”.
El simbolismo es debido a la identificación de los propios órganos con los objetos, y a la producción de un placer similar. El simbolismo es la base de toda sublimación y talento, porque por la ecuación simbólica cosas y actividades se convierten en temas de fantasías libidinosas. Pero al lado del interés libidinoso, es la angustia, consecutiva a los estadios sádicos del conflicto edípico, lo que pone en marcha el mecanismo de la identificación. Como el niño desea destruir los órganos, los teme. Los equipara con otros objetos, que a su vez le producen angustia, viéndose por ello llevado a crear continuamente nuevas equiparaciones.
Por eso el simbolismo es la base de toda fantasía y sublimación. Sobre él descansa la relación del sujeto con el mundo exterior y la realidad. El impulso epistemofílico se origina por el deseo sádico de conocer el interior del vientre materno y por las fantasías dirigidas contra éste; Constituye la primera relación con el mundo exterior, que es como un gran vientre materno.
En su comienzo la realidad del niño es fantástica; está rodeado de objetos angustiosos. El desarrollo del yo y su relación con la realidad dependen de su capacidad de tolerar las primeras situaciones de angustia. (Lo que a su vez debe depender de la forma del comportamiento de la madre con él).
Esto último lo demuestra la autora en el análisis de