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Dice el autor que desde la creación del psicoanálisis ha ido éste, progresivamente, influenciando los métodos y doctrinas educacionales. Y esto, en mérito a su interés en la historia individual, y dentro de ésta —y muy especialmente— de la temprana infancia. Mas estamos aún en el principio; es necesario un conocimiento más profundo de esta relación entre el psicoanálisis y la educación.
Los planes destinados a probar el valor de esta colaboración, no han dado, por diversos factores externos e internos, resultados útiles hasta el presente. El análisis de niños se constituyó, posteriormente, en el catalizador de esta situación; el trabajo en conjunto —una vez superados unos pocos inconvenientes— dará la pauta definitiva.
Desarrolla luego el autor una breve reseña de la historia de la aplicación terapéutica de los conocimientos analíticos hasta la época actual, donde las figuras de Melanie Klein y Anna Freud, con sus respectivas posiciones, marcan el comienzo de las definiciones; pues hasta ahora sólo hubo tentativas, aunque algunas de positivo valor y enseñanza.
Freud ya señaló la necesidad de prevenir o disminuir los efectos traumáticos de la educación de los niños. Pero ni la instrucción sexual, ni la educación sexual, basadas exclusivamente en el papel de los instintos, produjeron resultados satisfactorios. Y no por erróneas sino por incompletas. Y esto, porque no solucionaban la ansiedad encubierta, motor de los síntomas posteriores, especialmente en la latencia y pre-pubertad. En efecto, una cosa era educación sexual, y otra —y muy distinta— educar al niño y dejarlo luego solo con los conflictos.
Actualmente, el concepto de la educación psicoanalítica reposa en el concepto de las cualidades que el yo inmaduro despliega durante los primeros cinco años de vida; y en la influencia posterior del super-yó sobre él.