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El psicoanálisis establece una premisa básica cuya discusión concierne al pensamiento filosófico, cuya justificación se halla en sus propios resultados. Dos son las nociones que tenemos respecto a lo que hemos dado en llamar nuestro psiquismo (vida anímica): por un lado, el órgano somático que le sirve de escena: el cerebro (sistema nervioso); por el otro, nuestros actos de consciencia dados en forma inmediata y que ninguna descripción podría aproximarnos más. Ignoramos cuanto se halla entre ambos; no hay relación directa entre esos dos términos finales de nuestro conocimiento. Si la hubiera, a lo sumo nos ofrecería una localización exacta de los procesos de consciencia, sin contribuir a su comprensión.
Los dos supuestos mencionados arrancan de estos términos o principios de nuestro conocimiento. El primero concierne a la localización. Suponemos que la vida psíquica es función de un aparato al que atribuímos extensión espacial y composición de varias partes, o sea nos lo imaginamos a semejanza de un telescopio, un microscopio o algo parecido. No obstante ciertos intentos anteriores, la elaboración consecuente de semejante hipótesis es una novedad científica.
Hemos llegado a conocer este aparato psíquico estudiando la evolución individual del ser humano. A la más antigua de estas provincias o instancias psíquicas, le llamamos ello; su contenido es todo lo heredado, lo congénitamente dado, lo constitucionalmente establecido; es decir, ante todo, los instintos