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Evidentemente, se puede elegir entre dos métodos o técnicas al tratar de exponer determinado sector de la ciencia —o, más modestamente, de la investigación— para el lector profano. Uno de ellos consistiría en partir de lo que todo el mundo sabe o cree saber y que considera evidente, sin atreverse a contradecirlo al principio. En tal caso, pronto habrá ocasión de señalarle hechos del mismo terreno que, si bien los conoce, hasta ahora los había des cuidado, o no los había considerado suficientemente. Basándose en éstos, podrán presentársele luego otros hechos de los que nada ha sabido, preparándolo así para la necesidad de tener que superar su juicio establecido, buscar nuevos puntos de vista y aceptar nuevas hipótesis de explicación. De tal manera, se le hace participar en la construcción de una nueva teoría sobre el asunto y con ello se podrá eliminar ya durante la labor común todas sus objeciones contra aquella teoría.
Semejante exposición merece el calificativo de genética, pues repite el camino que el investigador ya ha recorrido a su vez. Con todas sus ventajas, adolece del defecto de que no ejerce suficiente impresión sobre el estudioso, pues a éste no le causará tanta impresión algo que ha visto surgir y crecer lentamente bajo grandes dificultades como algo que se le presenta en forma acabada y al parecer sin contradicciones.
La otra forma de exposición que cumple precisamente estas condiciones es la dogmática; antepone sus resultados, exige atención y crédito para sus hipótesis y ofrece escasa información destinada a fundamentarlas. Sin embargo, aparece aquí el peligro de que un oyente crítico se diga incrédulamente: ¡Pero todo esto suena muy extraño! ¿Cómo lo sabrá este hombre?
En mi exposición no utilizaré exclusivamente ninguno de ambos métodos, sino a veces uno y otras veces el otro. No me engaño respecto a la dificultad de mi tarea. El psicoanálisis tiene escasas perspectivas de llegar a ser popular.