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Hállome por un momento en la interesante situación de no saber si lo que me propongo comunicar ha de ser considerado como algo hace mucho tiempo conocido y evidente, o como una cosa completamente nueva y extraña. Sin embargo, creo más bien lo último.
Por fin me he percatado de que el yo juvenil de una persona que decenios más tarde habíamos de conocer como paciente del análisis, se ha conducido de extraña manera frente a determinadas situaciones de emergencia. En general, y en forma más bien incierta, podemos señalar la condición de esta conducta diciendo que ocurre bajo la influencia de un trauma psíquico. Prefiero destacar un caso único, nítidamente delimitado que, desde luego no cubre todas las causas posibles. Aceptemos, pues, que el yo del niño esté al servicio de una poderosa exigencia instintiva que está acostumbrado a satisfacer, y que de pronto sea asustado por una vivencia que le enseña que al proseguir esta satisfacción se verá ante la consecuencia de un peligro real difícilmente soportable. Ha de adoptar ahora una decisión: o bien aceptará el peligro real, sometiéndose al mismo y renunciando a la satisfacción instintiva, o bien renegará de la realidad, persuadiéndose a sí mismo de que no existe ningún motivo de temor, a fin de poder aferrarse a la satisfacción. Trátase, pues, de un conflicto entre la exigencia del instinto y la intervención de la realidad. Mas el niño no hace ninguna de ambas cosas, o, más bien, hace ambas al mismo tiempo, lo que viene a ser igual. Responde al conflicto con dos reacciones opuestas, ambas válidas y activas. Por un lado rechaza la realidad con ayuda de determinados mecanismos y no tolera que se le prohiba cosa alguna; por el otro reconoce, en el mismo instante, el peligro de la realidad, incorpora el temor a la misma bajo la forma de un síntoma patológico, y trata de liberarse de él posteriormente. Debemos conceder que ésta es una solución muy hábil de las dificultades. Ambas partes contendientes han recibido su porción del