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Un investigador de muchos méritos, al cual agradeceré siempre el haber hecho justicia al psicoanálisis en una época en que la inmensa mayoría se creía eximida de ello, se ha pronunciado en una oportunidad, sin embargo en forma injusta y ofensiva sobre la técnica psicoanalítica. Dijo que, al referir al enfermo nuestras interpretaciones, procedemos según el peligroso principio: “Heads I win, tails you lose”. Esto significa que si el enfermo nos da la razón, todo está bien, pero si no lo hace, entonces se trata de una manifestación de su resistencia, dándonos también así la razón. De esta manera siempre estaremos en lo cierto con respecto a la indefensa persona que analizamos, cualquiera sea la forma en que se comporte con respecto a lo que le atribuímos. Ya que una negación de nuestro paciente no nos induce por lo general, a abandonar nuestra interpretación como errónea, tal afirmación les ha venido a nuestros enemigos como anillo al dedo. Por eso vale la pena describir minuciosamente en qué forma valoramos el “sí” y el “no” del enfermo, la expresión de su asentimiento y su oposición, durante el tratamiento analítico. Por otra parte, es indudable que ningún analista encontrará en este artículo conocimientos que no posea ya.
Se sabe que el propósito de la labor analítica consiste en lograr que el enfermo anule las represiones —comprendidas en su más amplio sentido—de la época de su desarrollo infantil, para sustituirlas por reacciones que correspondan a un estado de madurez psíquica. Con este propósito, debe recordar determinadas vivencias y los afectos por ellas provocados, olvidados en la actualidad. Sabemos también que sus actuales síntomas e inhibiciones son la consecuencia de tales represiones, es decir, sustituciones de lo que ha olvidado. ¿Qué materiales pone el enfermo a nuestra disposición, cuyo aprovechamiento nos permita inducirlo a recordar las vivencias olvidadas? Son varios: fragmentos de estos recuerdos que aparecen en los sueños, que poseen un valor inc