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La experiencia nos ha demostrado que los buenos augurios son gratuitos y por ello brindamos generosamente los mejores y más afectuosos, entre los cuales el más frecuente es el que expresa el deseo de una larga vida. La ambivalencia de este augurio precisamente se manifiesta en una conocida anécdota oriental. Un sultán encargó a dos sabios que le hicieran el horóscopo. “Eres afortunado —le dijo uno de ellos— en las estrellas está escrito que antes de tu propia muerte verás morir a todos tus parientes”. Este vidente fué ejecutado. “Eres afortunado —le dijo igualmente el otro— porque leo en las estrellas que sobrevivirás a todos tus parientes”. Este sabio recibió grandes recompensas; ambos habían expresado los mismos augurios.
En enero de 1926 me vi obligado a escribir la nota necrológica de nuestro inolvidable amigo Karl Abraham. Pocos años antes, en 1923, me fué dado saludar a Sándor Ferenczi en el día en que cumplía cincuenta años. Hoy, apenas transcurridos diez años, me apena el haberlo sobrevivido también a él. En aquella nota para su cumpleaños pude ensalzar su universalidad, su originalidad y la riqueza de sus talentos; mencionar su gentileza, su amabilidad y su personalidad abierta a todo lo valioso, me lo impedía la discreción debida a un amigo.
Mucho hemos compartido, desde que su interés por el naciente psicoanálisis lo guiara hacia mí. Cuando en el año 1909 fuí invitado a dictar un cursillo durante una semana de jubileo en Worcester, Mass., lo invité a acompañarme. Por las mañanas, antes de la hora de comenzar mis disertaciones, paseábamos discurriendo delante del edificio de la Universidad y yo le invitaba que me propusiera el tema para aquel día; él hacía el esbozo de lo que media hora más tarde yo exponía en improvisación. De esta manera fué partícipe en la creación de las “Cinco Conferencias”. Poco tiempo después, durante el Congreso de Nurenberg en 1910, lo induje a proponer la fundación de una Asociación Internacional que debía surgir de la Organización