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El artículo de Freud sobre los Recuerdos Encubridores (Ueber Deckerinnerungen, 1899) [9] contiene un diálogo tan delicioso como notable entre Freud y “un hombre de treinta y ocho años, con educación universitaria”, que había superado “una ligera fobia por medio del psicoanálisis.” El relato de este antiguo paciente nos llama la atención porque está concebido de una manera sumamente concreta, porque aborda directamente los temas y porque está lleno de colorido, sin que por esto se aparte, en ningún momento, de lo esencial, ni lo oscurezca. Además demuestra una captación tan aguda y tan clara de los valores psicoanalíticos, un conocimiento tan grande del psicoanálisis y una presentación tan similar a la de Freud, que si no fuera por la tipografía creeríamos estar leyendo un monólogo. Mas esta fugaz sospecha se desvanece para caer inmediatamente en el olvido. El contenido de las memorias del hombre de treinta y ocho años y las interpretaciones maestras de Freud captan la atención del lector de tal manera, que ningún pensamiento perturbador tiene fuerza suficiente para insinuarse.
Aunque el estudiante asiduo de historias clínicas se siente obligado a suprimir preguntas curiosas acerca de la identidad del paciente, sugiero que en este caso y en beneficio de la investigación histórica, nos apartemos de este hábito recomendable y encaremos los interrogantes suprimidos. ¿Quién puede haber tenido, en 1899, un conocimiento del psicoanálisis tan vivido y profundo? ¿Quién pudo haber escrito un alemán tan claro y distinguido, tan animado y tan simple, por los años del noventa? ¿Quién es este personaje tan interesante y que tanto promete y qué ha sido de él? Su personalidad nos parece familiar y recordamos haber leído varios de sus recuerdos en alguna otra parte. Sólo después de algunas deliberaciones conseguimos recordar los lugares y nos convencemos de que el hombre de treinta y ocho años no es otro que el mismo Freud ligeramente disfrazado. Si esto es cierto, la presente histo