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En un emotivo y conceptuoso artículo, Simmel señala el papel de Freud. Expresa que ya tres años antes, con motivo del 80ọ aniversario de su nacimiento, había dicho que “algún día se valoraría a Freud como un liberador del género humano”. Hace notar que nunca fué un profeta ni un reformador, careciendo de deseos para que se le considerara como tal; nunca realizó propaganda en pro del psicoanálisis, convencido de que su crecimiento estaría condicionado por sus propias leyes internas. Cita las palabras de Freud en la ocasión en que apeló al sentido de responsabilidad social; fué en el Congreso Psicoanalítico de Budapest en el año 1918; “Un día la conciencia de la sociedad despertará y se dará cuenta de que el hombre tiene la misma necesidad de tratamiento mental que de ayuda quirúrgica. Nosotros también llegaremos a ver que las neurosis amenazan la salud del pueblo, con no menos intensidad que la tuberculosis… Cuando llegue esa época, se establecerán institutos y consultorios provistos de médicos adiestrados psicoanalíticamente. Así será como se fortalecerán el hombre que se daría a la bebida o la mujer próxima a abatirse ante el peso de las privaciones o el niño que tiene que limitarse a elegir entre la delincuencia y la neurosis. El psicoanálisis les servirá para resistir a su impulso y así serán capaces de adquisiciones sociales.”
Cuando Simmel se da cuenta que ha muerto el hombre que tanta luz arrojara en todos los campos del conocimiento, experimenta la necesidad de conocerle íntimamente.
Freud apareció por última vez en público en el año 1922. En ese Congreso expuso los hallazgos de sus más recientes investigaciones; un año más tarde empezó a padecer de cáncer del paladar. Ante la presencia de su mal, el trabajo de Freud se centralizó en la idea siguiente: “Mi tiempo está limitado, debo preparar a mis amigos para que lleven a cabo mi obra.” Simmel hace notar que la grandeza de Freud en sus últimos años solamente puede valorizarse si se tiene en cuenta que después d