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La personalidad del adiposo ofrece un múltiple interés psicológico. A pesar de sus notorias relaciones con la manía, que lo convierten en su representación física más común, es singular La escasa preocupación que le ha merecido a la psicología. No obstante, la literatura, la caricatura, las artes plásticas, así como el teatro y el cine, han caracterizado frecuentemente la situación maníaca mediante un personaje obeso. Falstaff, Gargantúa y Sancho Panza son ejemplos sobresalientes en este sentido. Por otra parte, la exaltación de esta sobrevaloración oral se observa también en la extensión que adquieren sus mitos. Tammuz, Astarté, la Virgen y el Niño, Buda, etc., son manifestaciones de esta deificación.
En estudios efectuados y comunicados parcialmente por nosotros en los últimos diez años, hemos mostrado aspectos psicogénicos y psicodinámicos basados en una extensa observación de niños y adolescentes obesos, como también en la investigación psicoanalítica de adultos obesos.
Se pueden señalar dos mecanismos psíquicos de producción de la obesidad. Una obesidad primaria, que resulta de la organización de un intenso yo oral, y una obesidad reactiva, que constituye una tentativa de restauración ante una situación depresiva básica. Se trata, por lo tanto, de una forma de recuperación maníaca. En contraste con la buena adaptación general que logra el obeso primario, el maníaco-depresivo integra las formas denominadas obesidad neurótica. En el caso de la obesidad primaria, la satisfacción se refiere a una situación real y vinculada a una capacidad efectiva, adquirida por el yo mediante sus identificaciones. La reacción maníaca, en cambio, tiene como fundamento básico la situación melancólica subyacente, y se dirige a satisfacciones fantaseadas con escaso contacto con la realidad exterior. Constituye una sustitución compensatoria de las frustraciones reiteradas, cuyas representaciones asientan en el superyo. El yo se hace cargo transitoriamente de las identificaciones del supe