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Al oír a una persona contar su desgracia hay otras que lloran. Esto se ha designado con el nombre de compasión. Pero Max Scheler, siguiendo el método fenomenológico, lo separa netamente de ella y la denomina contagio de afecto. Lo mismo hizo Rousseau
al decir: “ce n'est pas dans nous, c'est dans lui que nous souffrons”. El psicoanálisis, en cambio, no demuestra la existencia de una distinción tan neta.
Freud afirma que la compasión se origina a través de una identificación con el que sufre y constituye una formación reactiva en contra del sadismo, pero no un cambio de este último en su contrario.
Jekels distingue dos clases de identificaciones en la base de la compasión o de fenómenos análogos: una de ellas introyectiva, narcisista, en que psíquicamente deja de existir el objeto exterior, y además otra identificación análoga a la histérica, en la que el objeto se conserva.
En la compasión verdadera la identificación es desviada mediante una proyección en el que sufre, y se moviliza Eros desexualizado contra el propia masoquismo. Es decir, que la satisfacción “liberadora” de la compasión verdadera proviene de varias fuentes que son un acallamiento del masoquismo primario (instinto de muerte) por el Eros, un reforzamiento del yo por rechazo feliz de la identificación dolorosa y, finalmente, un apaciguamiento momentáneo de la tensión entre el yo y el superyo, ya que todo sufrimiento personal se percibe como un castigo del superyo.
Garma