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Los conflictos y síntomas del neurótico no conciernen a nadie más que al propio sujeto, mientras que los de los psicópatas criminales afectan, a la vez, a su familia y a toda la sociedad. Inicialmente, el crimen es una solución patológica de los problemas del psicópata. Más tarde, con el psicópata criminal común, los factores secundarios que resultan de las consecuencias sociales que recaen sobre él mismo y su familia, y el
efecto psicológico de las mismas, sobrepasan a los motivos originales. El castigo raramente disuade al psicópata porque: carece de una percepción emocional del futuro; tiene la mágica creencia de que podrá eludir las consecuencias; y, por último, contrariamente a los neuróticos corrientes, la angustia y la culpa, más que desanimarlo lo incitan. Por lo tanto, es particularmente difícil manejar al psicópata: si su angustia aumenta no puede hacer frente a sus problemas; pero una disminución de la misma estimula sus creencias mágicas. La mayoría de los psicópatas sufren de despersonalización; niegan sus sentimientos humanos porque no pueden tolerarlos. Esto les da la apariencia de estar endurecidos. Uno de los problemas del tratamiento es cómo capacitar al psicópata para soportar el afecto.
Aun cuando incluso los criminales con un expediente de violencia rara vez son peligrosos, su hábil manejo es tan importante como la exactitud en las interpretaciones. Las consecuencias de una explosión emocional pueden ser graves para el paciente, para la comunidad, y, personalmente, para el psicoanalista. Por regla general, las reacciones deben retardarse, para prevenir acciones imprudentes. La gravedad del daño raramente tiene relación con las dificultades del tratamiento. Mis resultados con quince gravedes criminales y con muchos delincuentes menores, han sido muy promisorios. El tratamiento psicoanalítico de los criminales es el servicio social mejor recompensado. (A aparecer en British Journal of Delinquency.)