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Discute el autor la fenomenología de la angustia, desde el nacimiento hasta el final del primer año, sobre la base de una observación conductista de sus manifestaciones, demostrada con algunas películas. Al nacer, sólo se observan fenómenos de descarga en relación con el displacer. Su contrapartida es la quietud. Un elevado umbral perceptivo, actuando como barrera biológica contra los estímulos, tiene a su cargo las funciones de defensa. En el curso del segundo y tercer meses las respuestas de placer y displacer ante la estimulación fisiológica ambiental, se hacen específicas. Después de los seis meses, manifes aciones de angustia fenomenológicamente definibles pueden percibirse ante la aproximación de extraños. Esta angustia se caracteriza por la forma en que es superada, por ejemplo: cuando se le vuelve la espalda al niño, éste extiende su mano tratando de agarrar a la persona extraña.
Después de esto, la angustia se dispersa. En condiciones normales, aparecen patrones de angustia patológicos, como en la angustia con marasmo en respuesta a cualquier estímulo — una defensa del organismo ante el gasto de energía; una depresión anaclítica, donde el cuadro de la angustia difiere cuantitativamente de la angustia de los ocho meses y se acompaña de manifestaciones autónomas; en la coprofagia, donde se acompaña de características faciales gravemente perturbadas.
En esta secuencia, los estados tensionales, los fenómenos de descarga y las manifestaciones de displacer se distinguen fenomenológicamente de la angustia propiamente dicha. Ésta hace su aparición en el tercer trimestre, por dos razones:
La razón estructural. La angustia se experimenta en el Yo, pero no hay Yo alguno presente en el momento del nacimiento. El desarrollo del rudimento de Yo necesario para experimentar la angustia propiamente dicha, tiene lugar en la segunda mitad del primer año. Antes de ello, los estados de tensión fisiológica se manejan con mecanismos difusos de descarga neuro-muscular caracterizada p