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Según Freud, son los instintos agresivos, el instinto destructivo y de muerte, las causas de la guerra. Si bien éste es finalmente el caso, hay también guerras, e incluso guerras de agresión, que se libran en defensa de valores fundamentales, materiales y espirituales, y otras por el bien del adversario. Los motivos conscientes para la guerra cubren con frecuencia los móviles decisivos inconscientes que se basan en impulsos de odio, falsas identificaciones, proyecciones, errores hereditarios, y esos móviles inconscientes refuerzan los conscientes del tipo de la envidia, el odio, codicia, necesidad frustrada de autoafirmación. Descubrir estas causas inconscientes de la guerra y hacerlas innocuas es una condición difícil, pero esencial para cualquier técnica que aspire a preservar la paz.
Tal técnica, de acuerdo con Freud, requiere la sublimación del Tanatos merced al fortalecimiento del Eros, los instintos de vida, y el resultado de la lucha entre estas dos tendencias elementales no puede predecirse. El rechazo de Freud de la idea de un amor general de la humanidad, rechazo basado en el razonamiento de que el amor debe ser merecido cada vez, ha sido discutido de palabra y obra por muchas personalidades conductoras de muchos pueblos de todos los tiempos (Lao-Tse, Platón, el concepto de Ágape en el Nuevo Testamento, los Estoicos, Gandhi, Kagawa, Albert Schweitzer).
Como Freud es contrario a la exageración del poder, del éxito, del dinero, el autor postula el desarrollo de principios éticos que tomen en cuenta las investigaciones de Freud y puedan reconciliar el psicoanálisis y el cristianismo, a través del postulado de amor al prójimo.
El autor trata también brevemente de la labor impartida por Freud a las otras ciencias, en lo relativo a los esfuerzos por conseguir una paz duradera. La esencia del trabajo puede expresarse en estas palabras: “La convicción sin la ciencia es ciega, la ciencia sin la necesidad de una convicción sin embargo, es renca. Freud demuestra que el