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Que los animales llegan a ocupar un lugar preponderante en la vida afectiva del niño es observable en la vida diaria y ha sido señalado por la literatura, los mitos, las leyendas y la psicología.
El porqué de esa significación en la vida afectiva y el desarrollo del niño, ha sido estudiado por el psicoanálisis durante el tratamiento de niños y adultos que vivieron situaciones afectivas intensas con animales. Pero, además de la situación del niño es importante estudiar la conducta de los padres frente a los animales que sus hijos aman.
Quiero mostrar a través de algunos casos cómo los padres desplazan sobre los animales agresiones, castigos y censuras que en realidad van dirigidas a sus hijos, y también quiero señalar cómo el niño interpreta y comprende el significado inconsciente de la conducta de sus padres y se angustia y atemoriza intensamente cuando su pequeño animal es castigado, maltratado, echado o eliminado, dejando èsto huellas profundas en su futura vida instintiva.
Un muchacho de 18 años inició su tratamiento psicoanalítico al serle muy difícil la convivencia familiar y escolar, por sufrir de asma e impotencia.
Después de algún tiempo de tratamiento (alrededor de 2 años, a 6 horas semanales), durante una sesión de análisis en la que trataba de penetrar en el porqué de sus dificultades de potencia, sintió un agudísimo dolor en los genitales y luego una sensación extraña en los miembros inferiores y bajo vientre, como si le anestesiaran para operarlo de algo. Llevado por sus asociaciones surgió en su consciencia un recuerdo totalmente olvidado. Dijo: “Cuando tenía 8 ó 9 años, tenía un perrito. Yo lo masturbaba siempre, él se acostumbró y se restregaba contra todas las personas, contra los muebles y almohadones. Papá se ponía furioso cuando lo veía y decía que lo iba a echar. Un día, cuando volvía del colegio, lo encontré tirado en el suelo, triste, lleno de sangre. Papá lo había hecho castrar. Fué horrible. No sé cómo pude olvidarme de eso. Tengo un dolor atroz