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El autor estudia alguna de las condiciones de la creación artística. Entre ellas la ilusión artística que da al espectador cierta sensación de verdadero de lo observado, sin que su yo abandone por completo su función del juicio de la realidad. Frente al desarrollo emotivo provocado por la obra artística el yo tiene que tener un cierto control, que es necesario para que exista el placer artístico. Algo análogo a lo que ocurre en el niño, cuando éste, en sus juegos, pretende dominar activamente la molestia, por ejemplo provocada por la visita del médico, a la que tuvo que someterse pasivamente.
El arte posiblemente se originó en las fiestas totémicas que reproducían el asesinato del padre primitivo. En ellas todos los presentes, formando una masa social, eran obligatoriamente al mismo tiempo autores, actores y espectadores. Gradualmente se fué diferenciando la figura del héroe que tomó para sí toda la responsabilidad del acto realizado. El artista proviene del héroe. Con sus creaciones se convierte en el conductor de la masa, en la que cada individuo se identifica con él y con sus pasiones.
La creación artística procede de la práctica de la magia. Lo parecido o lo contiguo a un objeto tiene primitivamente el mismo significado que este último y dicha identidad primitiva es la que Pigmalión pretende hacer renacer al enamorarse de la estatua que él mismo ha creado. También por esta identidad primitiva el hombre civilizado rompe la fotografía que representa a una persona querida, pero que ha despertado su odio.