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Cierto día del mes de abril de 1948, la Sra. de M., madre de nuestro paciente, se dispuso a planchar el pantalón de su hijo. Revisando los bolsillos encontró un sobre cerrado, lo abrió y leyó la siguiente carta:
Mi estimado amigo Ernesto:
Esta carta te la escribo porque me será imposible estar mañana contigo en el lugar donde nos hemos citado. No quiero que bajo ningún concepto creas que te tengo en el olvido, pero lo que me ha pasado en el día de ayer es como para abstenerse de ver a los buenos amigos como tú por unos pocos días.
No lo tomes a mal, me ha pasado algo terrible. Daniel me hizo saber que tiene novia, que al recibirse no piensa volver a Buenos Aires, y que su porvenir está en radicarse en alguna provincia; mientras me lo decía, se reiteraba en afirmar que jamás ha tenido un amigo mejor que yo, agregaba que todo seguirá igual, que seguiremos siendo buenos amigos, y que no dejaremos de escribirnos y de encontrarnos cuando ello sea posible; pero no dejarás de reconocer que yo, con el profundo sentido moral que siempre me ha guiado, no puedo aceptar una situación semejante.
No le reprocho nada, ha sido el tiempo que lo conocí el más feliz de mi vida, y todo lo que me queda es aceptar el destino mío éste, de ver como mis mejores amigos me van dejando, organizan su vida y guardan de mí el recuerdo grato de un buen amigo, pero en el ínterin no piensan por lo que paso, no meditan en el porvenir tristísimo que me espera, ni en el tenebroso horizonte que se me abre como única solución a mi vida.
Perdóname, Ernesto, este rapto de sinceridad tan grande y a lo mejor tan deprimente para ti, pero lo único que me queda aún es la amistad tuya, siempre que tú sepas interpretar el sentido que yo daré a todo esto. Sé que llegará algún día —como le llegó a Daniel— en que tú, con lágrimas en los ojos, me dirás: mirá Mauricio, tengo una novia, me caso pronto; pero todo será igual que hasta ahora, te veré seguido, nos encontraremos, y a lo mejor