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El autor se refiere, en primer término, a los orígenes de la religión monoteísta en la humanidad. Cita a Freud quien sostiene que representa el retorno del recuerdo reprimido del asesinato del padre por la horda primitiva. Siendo el pueblo judío uno de los primeros que abrazó el monoteísmo, señala que a partir del mito de Abraham fué exaltado el amor entre padres e hijos; la importancia de dicho apego homosexual consistió en que con un padre protector y amante, podían controlar más fácilmente sus instintos; esto favoreció, además, el reemplazo del complejo de Edipo por el superyo y, como Freud lo destacó, la conciencia del hombre se alimenta sobre la base del sentimiento homosexual reprimido.
Sostiene luego que el Antiguo Testamento puede ser considerado como el primer enemigo del narcisismo omnipotente al prohibir la sodomía, el onanismo, la adoración de imágenes y las prácticas mágicas. Urgió, además, a renunciar a los placeres inmediatos como los otorgados por los cultos locales (Astaroth, etc.), e impulsó a un comportamiento social recto, evitando las complacencias místicas y alucinantes derivadas del principio del placer. Los profetas de Israel habrían buscado desarrollar siempre el principio de realidad con un pensamiento objetivo que sirve de control sobre la vida emocional.
El monoteísmo, sin saberlo, fomentó la represión del narcisismo, y el anhelo paternal satisfecho permitió al individuo acercarse a los objetos reales. Su disciplina intelectual ha nutrido el crecimiento de la inteligencia y del preconsciente del hombre; en la función monoteísta uno se observa a sí mismo, estimulándose la comunicación entre los contenidos ideacionales, fomentándose el desarrollo de las facultades del intelecto y reforzándose la función sintética del Yo.
La forma monoteísta mahometana representaría, según el autor, un esfuerzo de utilizar el Yo-realidad en beneficio del Yo-ello; porque en el Corán hay una incitación a la “guerra santa” con la promesa del paraíso para los “muer