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Olga recordaba haber sufrido el acontecimiento más traumático de su vida a los quince años. Lo determinó la muerte de su madre, ocurrida a raíz de un aborto provocado cuando contaba treinta y siete años. Experimentó una reacción violenta cuando se enteró del embarazo, porque se consideraba demasiado grande para aceptar un hermanito, y así lo comunicó a su madre. Por ese motivo se sintió culpable de haber influido en su decisión de interrumpir el embarazo, e indirectamente de su muerte. Sin embargo, y a pesar de haberla llorado intensamente, reprimió el duelo muy pronto y, en apariencia, quedó resignada y tranquila. Pasó a vivir durante unos meses con sus tías maternas, quienes criticaban continuamente al padre y lo acusaban de haber sido el causante de la desgracia ocurrida. Se oponían a que Olga quedara con él, porque consideraban inmoral que una niña de su edad viviera sola con el padre, tratándose de un hombre relativamente joven todavía. A pesar de ello, condolida por la situación precaria y la vida desordenada que llevaba su padre, decidió reunirse con él.
Desde entonces, y durante nueve años, vivió una existencia que ella describió como la más feliz de su vida, libre de preocupaciones, atendiendo las tareas de la casa y trabajando simultáneamente en un laboratorio de productos medicinales. A pesar de su condición modesta, vestía bien, paseaba, se divertía, bailaba y flirteaba con amigos ocasionales, pero sin permitirse tener relaciones sexuales. En esa época conoció a su actual esposo, con quien se casó tras seis años de noviazgo. Después de casada siguió viviendo con su padre, porque consideraba que su deber de hija la obligaba a mantenerlo. Su estado hipomaníaco se prolongó hasta el año y medio de su matrimonio, fecha en que se embarazó. Inmediatamente intentó interrumpir la gestación, intuyendo que le significaba un peligro, sin conseguirlo. Al nacer la hija, después de un parto muy traumático, con aplicación de fórceps y seguido de una infección