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La aproximación psicoanalítica a los problemas interpretativos de los procesos que rigen la creación artística es siempre realizada con cierta reserva y con escepticismo. Y esto, no porque nos falten puntos de referencia que nos ayuden a emprender la aventura. Cuando hacemos un inventario de los datos pertinentes recogidos hasta hoy, especialmente en el terreno de la ficción literaria, no nos sentimos desprovistos por cierto, de instrumentos técnicos que allanen el camino hacia el entendimiento de la dinámica y del sentido de la obra de arte. Ante todo, hemos recibido de Freud1 el vigoroso impulso inicial de tratar los productos de la fantasía artística no como misterios insondables sino como manifestaciones coherentes de la actividad anímica, dotados, como el sueño, el juego o el síntoma, de organización y de sentido y, por lo tanto, perfectamente engastados en la totalidad individual. Con Rank2 aprendimos a ver en el artista a un continuador del héroe tal como éste vivió en la humanidad prehistórica y tal como habita aún en el contenido de los mitos y de las leyendas. A Sachs3 debemos la fecunda noción del alivio de la culpa, perseguido por la ficción poética e implícito en la “vivencia en común” de los sueños diurnos (daydreams in common) entre el artista y