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Como es sabido, el psicoanalista se desdobla durante el ejercicio de su profesión. Una parte de él se identifica con el analizado, otra permanece observadora. Esta última corresponde a la introyección de la imago de su propio analista, mientras proyecta en el enfermo su propia parte infantil, liberada de trabas a través de su análisis. Este doble proceso se desarrolla sin mayores rozamientos, si logró asimilar realmente la imago de su analista y no se siente en su parte infantil rechazado y burlado por éste. Pero si persiste una tensión entre ambas partes, resultante de la persistencia de viejos temores y resentimientos, el analista se siente desdoblado y pueden producirse estados cercanos a la despersonalización. Ocurre, además, que aunque dentro de su consultorio pueda tratar a sus enfermos en forma debida por actuar bajo la dirección de la imago introyectada de su analista, percibe con angustia cómo, fuera de su ejercicio profesional, su parte infantil se venga de su parte analista, dominándola y llevándolo a actuaciones que él mismo considera absurdas. Se siente entonces frente a los demás como un impostor, por exhibir en su trabajo una integridad que no tiene. Se siente desdoblado por albergar en su psiquismo a dos figuras tan antagónicas, como su ser enfermo y su ser psicoanalista.
Pude observar este proceso en el sueño de un joven analista que había progresado mucho en su comprensión y capacidad profesional, pero que se acusaba amargamente por la persistencia de sus dificultades afectivas. El sueño tomó carácter de pesadilla y al despertarse el analista quedaba impresionado por la intensidad de la angustia sufrida. Soñó que estaba serenamente, con mucha autoridad