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A mediados de 1949 comencé a tratar una paciente de 47 años que, de acuerdo con las referencias recogidas del esposo en una entrevista previa que solicitó, presentaba un cuadro psicótico de unos ocho años de evolución, al parecer de extrema gravedad.
Refirió el marido que llevaban 22 años de casados y como no tenían hijos, vivían solos. En los últimos ocho años, había notado que su esposa perdía progresivamente el interés por las tareas domésticas, sin admitir tampoco una persona para que la ayudara, porque se había puesto muy desconfiada y nerviosa. Frecuentemente la sorprendía hablando sola o en otras actitudes insólitas. Del conjunto de datos cabía suponer la existencia de fenómenos alucinatorios y delirantes2. La primera entrevista con la enferma coincidió con el comienzo del análisis, como expondré más adelante.
Después de tres años de tratamiento, su mejoría fué muy manifiesta: desaparecieron las alucinaciones y rectificó por completo sus ideas delirantes. Cuando revisé los apuntes reunidos a lo largo del tratamiento buscando las causas de esta mejoría, pude descubrirlas gracias a que, además del material de la paciente y mis interpretaciones, había registrado los rasgos más salientes de mi respuesta contratransferencial.