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Generalmente, en la literatura psicoanalítica, el Yo es descripto como aquella parte de la personalidad que se estructuró en el contacto con el mundo exterior y cuya función sería la de armonizar los impulsos instintivos con las exigencias del Superyo y con las imposiciones de la realidad. Dispone del acceso a la motilidad, caracterízase por las funciones de pensar, percibir, actuar, y sería invadido, en determinadas circunstancias, por el Ello o por el Superyo, quedando sus funciones al servicio de uno u otro [1].
Con frecuencia, sin embargo, déjase al lado el concepto de que el Yo psicológico se forma a través de identificaciones y de que algunas de estas identificaciones o partes del Yo pueden sufrir los efectos de la represión y desempeñar un papel importante en el origen de los fenómenos psicopatológicos.
Este concepto está claramente expresado por Freud [2], cuando dice: “Explicamos el doloroso sufrimiento de la melancolía estableciendo la hipótesis de una reconstrucción en el Yo, del objeto perdido, esto es, la sustitución de una carga de objeto, por una identificación. Pero no llegamos a darnos cuenta de toda la importancia de este proceso, ni de lo frecuente y típico que es. Ulteriormente, hemos comprendido, que tal sustitución participa considerablemente en la estructuración del Yo, y contribuye, sobre todo, a la formación de aquello que denominamos su carácter.”