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La serpiente tiene gran importancia en la mitología e instituciones culturales primitivas. Fueron motivos para ello el que en los primeros meses de su vida el niño no puede usar brazos, ni sus piernas y que prácticamente sea como un intestino alargado, con una boca llena de impulsos destructivos. Lo mismo es la serpiente, carente de apéndices laterales, que daña mordiendo, que parece un tubo y que se mueve como el intestino.
En las religiones primitivas los impulsos orales llevaron a la deificación de la serpiente. Posteriormente fué reprimida la agresividad. Por eso, en el cristianismo, la serpiente aparece como un animal condenado por haber impulsado a vencer la prohibición de comer la manzana.
La serpiente representa al objeto que ha sido eliminado analmente y que se ha vuelto a incorporar. La adoración a la serpiente proviene de una tentativa de restitución y deificación del objeto introyectado y destruido que se ha identificado con excremento.
Enfermos obsesivos suelen verse obligados a comer excrementos, como proceso de reparación por su gran pecado que es el parricidio.
El verse privado de sus miembros representa castración. Simboliza así la serpiente al objeto eliminado, que ha sido incorporado y que emerge de nuevo en forma y con los atributos del intestino, es decir como excremento.
En las concepciones acerca de la serpiente interviene la vivificación animista y omnipotente del excremento eliminado y hostil. Por eso en la magia primitiva la serpiente tiene tantos poderes curativos como tiene el excremento y se la considera como un animal dotado de gran sabiduría. El miedo a la serpiente, además de la angustia oral, proviene del temor a los excrementos.
Garma