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La historia y la crítica de la ciencia deberían comenzar —sostiene Lenoble— por un psicoanálisis de la percepción. El estudio del trabajo efectivo de la razón, en sus formas más elevadas, muestra que aun en ellas actúan, fundamentalmente, los mismos mecanismos advertibles en las formas corrientes. La ciencia más técnica como la adaptación más humilde a la vida son la recompensa de una racionalización coherente. En todas las etapas de racionalización se plantea el problema de su fundamento en términos sorprendentemente análogos. El estudio de las dos fuentes, consciente e inconsciente, de la vida científica ayudaría a deslindar posiciones y a precisar su concepto en muchas mentes profanas y también en no pocas científicas. En el siglo XVI, los Naturalistas manejan los conceptos de ciencia, de razón, de experiencia, de Naturaleza, en función de una afectividad puramente mágica; introducen, en esos conceptos, todos los símbolos y mitos que el psicoanálisis descubre en formas históricas más primitivas y arcaicas. Habría que investigar, en nuestro tiempo, qué representan —para la mente popular, pero también para algunos hombres de ciencia— los conceptos de materia, de energía, de evolución, de onda eléctrica, de determinismo, de dialéctica, de moral y filosofía “científicas”, de explicación “científica”, de objetividad “científica”, de Ciencia misma —así, con mayúscula, signo evidente de su valoración afectiva. Recuerda Lenoble lo que Bergson había ya señalado: la facultad de mito es una forma inferior, sin duda, pero permanente del espíritu humano. Habría que examinar, también, cómo la facultad de mito interviene en los conceptos sociales: democracia, fascismos, pueblo, etc.
En esta denuncia contra el mito, en esa persecución de la verdad, psicoanálisis y filosofía pueden —y deben— colaborar.
León Ostrov