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“No cocerás el cabrito en la leche de su madre” (Éxodo, XXXIV, 26) es una prohibición bíblica que se ha extendido hasta llegar a constituir el ritual de tener que mantener separados la leche y la carne al comer. Fromm-Reichmann lo interpretó como una prohibición del incesto y también de comerse al hijo.
A Woolf le llama la atención que esta prohibición aparezca a continuación de un versículo bíblico que obliga a ofrecer a Jehová “la primicia de los primeros frutos de la tierra”, lo que debe referirse a tener que sacrificar el primogénito.
En relación con el sacrificio del primogénito de los egipcios está la festividad de la Pascua. La misma palabra “Pascua” viene de ‘pasar’; es decir, Dios pasaría de largo delante de las casas cuyas puertas estuviesen manchadas de sangre de cordero, en las que respetaría al primogénito. De este modo perecerían los egipcios y no los judíos.
El cordero ritual debe ser asado y comido rápidamente; sus restos deben ser quemados durante la noche, para que al salir el sol no quede nada de él. Ahora bien, la Pascua es una festividad de la primavera, de adoración al sol. El dios solar y del fuego de las tribus nómadas de Israel, antes de trasladarse a Canaan, era Él. El cordero sacrificado sustituía al hermano primogénito y el tener que ser comido totalmente antes de la salida del sol debía de ser con el objeto de que el dios no se diese cuenta de la sustitución y por lo tanto,