You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
A. se presentó a consulta en agosto de 1950. Era una mujer de treinta y tres años, casada.
Los síntomas que le hicieron buscar tratamiento fueron: conflictos con su marido y con sus hijas, alucinaciones, estados confusionales y permanente angustia que se acentuaba en forma crítica.
Me impresionó como una mujer que aparentaba más edad de la real; su cara estaba contraída en un gesto de angustia (más adelante la enferma llamará a esta actitud “cara de nudo”).
Miró con desconfianza el consultorio y todas las manifestaciones de angustia se acentuaron cuando quedó sola conmigo en el cuarto de análisis. Invitada a tomar asiento, escogió el punto más distante del sillón donde yo me había sentado. Eran visibles los esfuerzos por controlarse; poco más tarde se sentaba en el mismo diván de análisis, muy próxima a mí.
Interrogada sobre los motivos de su consulta, tomó la palabra de inmediato y habló durante toda la hora sin necesidad de ninguna intervención mía. Su charla fué fluida y atropellada, ponía énfasis en su discurso acentuándolo con ademanes y observé movimientos bruscos en los miembros superiores que me hicieron recordar a los enfermos de atetosis, y otros más globales de todo el miembro superior, como si rechazase a alguien que se aproximara.
Aceptó las condiciones del tratamiento psicoanalítico y convinimos en hacer cuatro sesiones semanales.
Para los fines de esta comunicación he tomado aspectos parciales del material proporcionado y los expongo siguiendo el orden cronológico en que aparecieron.