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Destaca el valor de la introyección y proyección en la formación del complejo de Edipo, desarrollo del yo y del superyo.
La introyección funciona desde el primer momento así como las fantasías inconscientes que ligadas a las sensaciones, van a determinar el carácter de los objetos incorporados.
Las relaciones del niño con el mundo externo se inician con el nacimiento, el primer objeto parcial, el pecho será incorporado, entrando a formar parte de un mundo interno que es una imagen distorsionada de la realidad, ya que ésta es pobremente percibida y está influida por los impulsos y fantasías inconscientes. La función de la realidad es de contrarrestar o ratificar estas imagos. Cuando los impulsos libidinosos son satisfechos, el niño experimenta placer y amor, e incorpora un pecho bueno y útil que da placer. Por la fuerza de la frustración que determina el incremento de impulsos destructivos incorpora un pecho malo que provoca dolor y ataca. En esa etapa el niño o idealiza sus objetos o los convierte en perseguidores y la ansiedad predominante es paranoide.
Cuando el niño integra un objeto total y debe unir en él sus tendencias libidinosas y destructivas entra en una fase de ambivalencia, donde la ansiedad es predominantemente depresiva. En esta fase las fantasías infantiles giran alrededor de la pareja conjugada, y es entonces que para su inconsciente existe una equiparación del pecho, pene, orina, fecales, etc.
La incorporación de los padres en coito trae al niño severas ansiedades de tipo persecutorio y depresivo que se manifiestan a menudo en pavores nocturnos y transtornos del sueño, etc.