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Después de consideraciones generales, la autora describe a un sujeto paranoide, señalando el placer que él sentía en atacarla y cómo al terminar la sesión psicoanalítica la introyectaba, para poder continuar con sus ataques.
Se conducía agresivamente con su amante y con prostitutas realizaba prácticas masoquistas reales. A su madre solía llevarla en su auto, para, una vez lejos de la vivienda, hacerle reproches. Como el auto lo representaba a él mismo, afectuaba así una especie de introyección de la madre en su yo, lo que luego repitió en la transferencia.
Como escribe Freud, el enfermo “escenificaba una actuación dentro de su yo”. En esta proyección interna hay, después de la introyección del objeto, un fraccionamiento del yo (siguiendo mecanismos señalados por M. Klein) y luego una proyección, con quejas contra la parte del yo identificada con el objeto. Mediante esta defensa paranoide el sujeto conserva una apariencia de normalidad.
En la evolución normal el niño introyecta a sus padres, los que se convierten en objetos buenos interiores que le impulsan a un bienestar. Si la introyección está hecha sobre la base de impulsos destructivos, el yo adquiere interiormente un objeto malo que le obliga a fraccionarse. Entonces, cuando el yo intenta integrarse en una unidad, le sobreviene angustia; por esto recurre a la proyección al exterior buscando un objeto malo, con lo que puede originarse un círculo vicioso.
Cuando el enfermo paranoide obtiene éxito en sus quejas, vive un triunfo maníaco. En los estados maníacos y paranoides hay una defensa contra la culpabilidad, la inferioridad y depresión, es decir, contra la que M. Klein llama “angustia depresiva”. La defensa del paranoide es regresar a la “posición paranoide esquizoide” y recurre a los mecanismos de negación, fraccionamiento, idealización y omnipotencia.
Garma