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La autora destaca el alivio que le significa advertir que ciertas dificultades y problemas que se le presentaban en su trabajo, en sus años de formación, eran compartidos, en mayor o menor grado, por todos sus compañeros de promoción. Cree oportuno examinar los “errores, vacilaciones y tentaciones” que tuvo que enfrentar, en esa época, porque considera que puede ayudar a los que atraviesan análoga etapa, si no a impedirlos, sí, por lo menos, a atenuarlos.
Cabe distinguir tres grupos de dificultades: a) las que provienen de la resolución imperfecta de los propios conflictos y de su acción contratransferencial; b) las que se originan en la falta de experiencia; c) las que emanan del insuficiente conocimiento de las estructuras psicopatológicas, ignorancias teóricas que impiden la visión global del campo en que se enfrentan las fuerzas en pugna. Entre las primeras, Blajan-Marcus señala lo que llama “compatibilidad o incompatibilidad de humor” entre paciente y analista, esa armonía o desajuste que se crea, inmediatamente, entre ambos según el grado de afinidad de sus estructuras caracterológias, de su formación cultural, del valor afectivo con que cargan las palabras. En algunos casos, la insuficiencia de puntos comunes impide o torna precaria la corriente emocional, y sólo cabe, honestamente, reconocer qué pasa y transferir el paciente a un colega. Esta situación no debe ser asimilada a aquellos casos de contratransferencia negativa en los que la falta de serenidad o la propensión mayor o menor a la antipatía son los factores determinantes. La afinidad entre paciente y analista, si es considerable, puede acelerar el curso del análisis. Recuerda la autora un caso que curó en siete meses que, según su analista de control, el doctor Schlumberger, se explica por la estrecha afinidad afectiva entre la enferma y su terapeuta. Pero se corre el riesgo, en casos semejantes, de ver amenazada la neutralidad analítica y la facilidad de la transferencia positiva hace casi irremediab