You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
Este trabajo fué leído en un “Symposium sobre Crimen” en la British Psychological Society en . Sostiene la A. que las tendencias criminales son activas en niños normales durante la fase de sadismo máximo.
El niño en esta fase se define de temores a objetos peligrosos (peligrosos por la proyección de su propio sadismo o por circunstancias reales) redoblando en fantasía ataques contra ellos.
Pero estos objetos destruidos se hacen otra vez perseguidores, y entonces se intensifican su angustia y su necesidad de renovar su destrucción. Durante el desarrollo normal, al disminuir el sadismo y la angustia, el superyo se hace más tolerante, y el niño encuentra otros medios fuera de la destrucción para dominar sus angustias y conflictos. Pero en los casos en que un fuerte sadismo permanece y las angustias correspondientes a él son excesivas (como acontece en el criminal), el individuo permanece bajo la tensión de las primeras situaciones de ansiedad y conserva los mecanismos de defensa correspondientes a esta época.
Sostiene que no es, pues, la ausencia o debilidad del superyo la causa de la conducta criminal, sino, por el contrario, la excesiva severidad del superyo. Pero como el amor no está ausente en ellos, sino reprimido y cubierto por el odio, sólo el análisis puede llevarlos a abandonar el círculo vicioso de agresión, culpa, compulsión al crimen y castigo.
El tratamiento tendría, en los niños, un valor profiláctico.
Arminda A. de Pichon-Rivière