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Estas reacciones son normales en el desarrollo; algunas son formas caracterologias de reacción frente a adultos y autoridades y consisten en actitudes de odio y desafío en forma más continua y con más intensidad o con menos provocación evidente. Esto puede llegar a convertirse en un patrón de conducta en la vida adulta y en los casos extremos puede manifestarse a través de la conducta de niños y adultos delincuentes. El niño demasiado bueno, por otro lado, puede encontrarse en una situación psicológica más grave que el niño abiertamente rebelde o desafiante, ya que su forma de enfrentar sus sentimientos puede a la larga conducirlo a graves enfermedades mentales. Según la A. es necesario preocuparse más por él que por los niños rebeldes. La rebeldía y el desafío son manifestaciones normales en ciertos períodos de la vida, entre los dos y tres años son muy frecuentes y entre los siete y ocho años vuelven a aparecer relacionados frecuentemente con la segunda dentición. En la temprana adolescencia las reacciones de desafío y rebeldía se presentan en su forma más dramática, son difíciles de encarar por los padres, maestros y instituciones sociales.
Un instinto primitivo como el odio puede ser utilizado como defensa contra sentimientos de amor o contra las ansiedades que los acompañan, con el fin de mantener a estos sentimientos alejados debido a sus consecuencias dolorosas. Por ejemplo, el odio es utilizado contra la posible frustración, el dolor frente a la pérdida, la depresión y la tristeza, así como frente al temor de dañar al objeto por la excesiva avidez. Este mecanismo es típico de la adolescencia como defensa contra fantasías incestuosas. En otros casos el odio y la conducta de desafío pueden ser una defensa contra el sentido de la obligación, contra el deseo y necesidad de restaurar o reparar lo que se ha dañado. También estas defensas son utilizadas frente al temor a la venganza debido a la avidez o gula excesiva y a la envidia proyectada. Otros contenidos de es