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El paciente, objeto de la presente comunicación, lleva, apenas cuatro meses y medio de análisis a cuatro sesiones semanales. Si, a pesar de esto, me he decidido a presentar su caso en este “simposium” es porque la calidad y cantidad de material obtenido hasta ahora, permitieron comprender con relativa profundidad la función y el significado de su desesperante y pertinaz jaqueca, una entre las graves perturbaciones que lo aquejan.
H., como designaremos al paciente, es un hombre soltero de 26 años de edad, alto y delgado, bien parecido y pulcro en el vestir; oriundo de un país vecino, se encuentra en Buenos Aires estudiando una corta carrera de carácter técnico. Es el mayor de cuatro hermanos, dos varones y dos mujeres, nacidos, los tres primeros, a intervalos de año y medio, y la última, un año después de la muerte del hermano varón que seguía a H., acaecida a los 17 años y medio en un accidente de aviación. Su padre ocupa una posición acomodada como dueño de un pequeño negocio en el que H. trabajó durante los últimos años.
Acudió al análisis alarmado por la restricción creciente que una gran cantidad de síntomas fóbicos (agorafóbicos predominantemente) e inhibiciones imponían a sus actividades escolares y sociales. Su gran necesidad de apoyo y protección lo llevaron ya, en la entrevista preliminar, a comunicarme sus confictos y angustias, pese a la desconfianza que al mismo tiempo manifestaba. Me refirió, así, que cuando va solo por la calle es presa de una constante angustia que se expresa, súbitamente, en la sensación de que la gente se le va a venir encima. En esos momentos busca la protección de una pared, al amparo de la cual se tranquiliza a medias. Dichos temores no se presentan si va acompañado, pero, en cambio, cuando el acompañante es un