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Un paciente de 32 años concurre al análisis para tratar su impotencia y serias dificultades de conducta. Expresa que se vió obligado a separarse en su primer matrimonio. Emigra de su país de origen y aquí realiza un segundo matrimonio con una mujer viuda (madre de un hijo). Graduado en una universidad centroeuropea es actualmente comerciante; sólo con gran esfuerzo cumple sus tareas profesionales, a causa de una cierta inhibición para pensar y resolver sus problemas. Es muy religioso y quiere consagrar su vida a un ideal de pureza; escuchaba misa todos los días, pero actualmente está imposibilitado para asistir a la iglesia porque se lo impiden lo que califica de obsesiones terribles y blasfemias que no puede mencionar. Prefiere permanecer en su casa, pero entiende que no debe aceptar su vida confinado en un sillón y meditando. Padece de agorafobia en determinadas circunstancias. Desde hace diez años sufre de continuas y fuertes cefaleas que le duraban hasta cinco días o bien cuando realizaba esfuerzos para asistir a reuniones o salir con amigos o intentaba bailar, regresaba a su casa con cefaleas atroces de tipo frontal y a veces en la nuca. Siente como si le fuera a estallar la cabeza o como si algo se le cerrase en el cerebro, atornillándose. Tiene vómitos y a veces diarreas. Le fué realizada una intervención quirúrgica por apendicitis crónica, sin resultado. De carácter amable y trato simpático, le agrada vestir bien y con pulcritud cuidando exactamente todos los detalles, tal cual hacía siempre su padre y al que trataba de imitar y parecerse. El padre permanecía poco en casa, pero recuerda que le dominaba con la mirada y asustaba con su presencia. Le admiraba y temía. Estaba orgulloso de él, pero luego se vió que tales elogios no sólo eran testimonio afectuoso sino que engendraban (ante las reiteradas