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El caso que relato en primer término corresponde al de una paciente que llegó al análisis por un proceso melancólico y que sufría desde tiempo atrás ataques histeroepilépticos1. Cuando después de tres años de análisis desapareció su melancolía y sus ataques, se hicieron evidentes otros síntomas que adquirieron entonces más intensidad o que aparecieron como equivalentes de los anteriores. Entre estos la cefalea ocupó un lugar preponderante. Tal como Pichon Rivière lo establece en su estudio sobre la jaqueca 2, también en esta paciente se pudo ver que el conflicto básico, contenido de sus cefaleas, era el mismo que en sus ataques. Ambos síntomas resultaban del ataque del “superyo” al “yo”, representado el primero especialmente por la madre, por el padre que castigaba a la madre, y por ambos reunidos en una relación violenta.
Sufría las cefaleas desde hace años. Le dolía la cabeza inmediatamente antes del ataque histeroepiléptico; este pródromo no era constante y para ella tenía una importancia secundaria. Actualmente son frecuentes, tan frecuentes como antes los ataques. Comienzan con una sensación de pesadez en la cabeza, luego aparece un fuerte dolor en la nuca y en la frente que en el término de dos o tres horas se expande a toda la cabeza, a veces toma sólo la mitad y se acompaña de malestar en la vista. Cuando el dolor alcanza su máxima intensidad, no puede hacer ningún movimiento, ni siquiera mover lo ojos, y busca dormir. El síntoma no cede con analgésicos; después, en ocasiones se