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Despertado mi interés en la cefalea, me atrajo la idea de ver qué relación existirá entre este trastorno, tan frecuente en nuestro ambiente y el ejercicio de nuestra profesión. Reuní tres casos de cefalea provocada por la actividad misma de analizar. Por razones de discreción cambié en un caso el sexo del analista y prescindiré en mi exposición de la interpretación sexual simbólica del material y de todo dato concerniente a la historia infantil o familiar de las personas cuyo síntoma analizaremos. Uno de los casos es el de un analista principiante, el segundo de otro que ya trabaja desde tiempo y padece con cierta frecuencia de dolor de cabeza, y el tercer caso es el de un candidato que, antes de su hora de control conmigo tuvo un principio de cefalea que se convirtió en franco dolor durante la misma. En los tres casos descubrí el mismo mecanismo de la dolencia.
A. estaba a la espera de su primer paciente analítico. Empezar a analizar significaba para él simultáneamente identificarse conmigo y convertirse en mi rival peligroso. A. es inteligente y ambicioso y se siente culpable por su rivalidad conmigo y con sus colegas. Es una persona a la que no le gusta que la tomen desprevenida. Controla sus objetos y tiene cierta confianza mágica en el poder omnipotente de este control. El médico de guardia, al mandarle una enferma, le avisó que se trataba de un caso difícil, sin deseos auténticos de analizarse y, por eso, muy propensa a una fuga. Le dió unos pocos datos de la enferma. A. se preparó lo mejor que pudo para la primera entrevista con ella. Estudió y analizó cada uno de los pocos detalles que sabía de su futura paciente. Cuando ésta vino hizo un gran esfuerzo mental para comprender todo lo que ella decía y poder retenerla, tratarla y curarla. Sin embargo, aunque comprendía gran